http://www.expansion.com/2009/11/14/economia-politica/1258197001.html
Los países del Asía-Pacífico defienden la postura de que el proteccionismo no hace otra cosa más que entorpecer la recuperación económica, y apuestan por volver a las bases del libre comercio, a nivel global, para agilizar la recuperación económica. Y es que parece ser que con la crisis económica los gobiernos de los países desarrolladlos, sobre todo, han endurecido las barreras de entrada de diversos productos, a fin de proteger los nacionales para intentar evitar la caída de empresas nacionales, mantener el empleo, etc.
Para estos países el proteccionismo resulta ser un problema. Esto ocurre porque sus productos son baratos debido a la escasa tecnificación o a la mano de obra barata, en cualquier caso, estos bajos precios les hace ser competitivos. Por tanto, sus economías se sostienen por las exportaciones que realizan, generalmente, a países desarrollados. Si se ponen trabas a la entrada de estos productos en otros países, sus productos se encarecerían a fin de seguir obteniendo beneficios e intentando solventar los impedimentos impuestos. Esto se traduciría en un descenso de la competitividad que tenían, es decir, sus productos dejarán de ser competitivos con los nacionales.
Por otro lado, los países receptores de estos productos, que ya hemos dicho que generalmente son países desarrollados, cuentan con sectores obsoletos y con cargas fiscales y salariales mayores, lo que hace que se encarezcan los productos con el impedimento de la reducción de precios, puesto que entonces dejarían de obtener beneficios. Por ello presionan a sus gobiernos para que les protejan de las amenazas externas. Esto es un ejemplo de cómo algunas leyes pueden funcionar como barrera de entrada o cómo, en casos muy concretos, pueden ayudar a crear, o crean en sí mismas, una ventaja competitiva.
Sin embargo, con los años esas empresas probablemente tengan problemas para subsistir porque sus costes se irán incrementando al no adaptarse a las nuevas tendencias. Y esa no adaptación se debe a la protección que durante años les ha brindado el gobierno, haciéndose éstas más cómodas, sin pensar en cómo mantenerse, siendo todavía rentables, en un futuro o ante un cambio en las leyes proteccionistas.
Si todos los países actuaran como, en este caso, los desarrollados, el comercio exterior dejaría de existir, empobreciéndose así la economía y la riqueza de los productos ofertados. De todas formas, dependiendo del punto de vista desde el que lo mires, ambas opciones, tanto la de los países subdesarrollados, como la de los países desarrollados parecen correctas.
Por lo tanto, en principio, el proteccionismo desde un punto de vista global no es bueno, pero mirado desde la perspectiva nacional, en algunas ocasiones, vienen bien pequeñas ayudas en ciertos sectores para no sumergir la economía del momento. Si bien, esto debería ir acompañado de preparación de trabajadores y el fomento de nuevas tecnologías, para disminuir los costes de producción y poder ofrecer algo que sea competitivo sin tener que depender, para su subsistencia, de los aranceles impuestos por el gobierno. Si a esto le unimos la creación de ventajas competitivas que hacen que cada uno realice lo que mejor sabe hacer, o lo que más rentable le resulte, el comercio se sostendría sin la necesidad de la intervención de los gobiernos de los distintos países. De esta forma, estaríamos ante el postulado del libre comercio que defienden las economías Asia-Pacífico.
Esto es un caso teórico y llevarlo a la práctica resulta un tanto hipotético, pues en la economía todo está relacionado, y lo que parece sencillo de resolver en la teoría, se encuentra con numerosos impedimentos en la práctica que no se habían tenido en cuenta. Por tanto, cambiar este hecho parece un trabajo imposible, y todo apunta a que las cosas seguirán como hasta ahora. O en el mejor de los casos, los cambios se sufrirán en pequeñas parcelas, entre unos pocos, pero muy raramente sucederán de forma unánime, a nivel mundial.
Para estos países el proteccionismo resulta ser un problema. Esto ocurre porque sus productos son baratos debido a la escasa tecnificación o a la mano de obra barata, en cualquier caso, estos bajos precios les hace ser competitivos. Por tanto, sus economías se sostienen por las exportaciones que realizan, generalmente, a países desarrollados. Si se ponen trabas a la entrada de estos productos en otros países, sus productos se encarecerían a fin de seguir obteniendo beneficios e intentando solventar los impedimentos impuestos. Esto se traduciría en un descenso de la competitividad que tenían, es decir, sus productos dejarán de ser competitivos con los nacionales.
Por otro lado, los países receptores de estos productos, que ya hemos dicho que generalmente son países desarrollados, cuentan con sectores obsoletos y con cargas fiscales y salariales mayores, lo que hace que se encarezcan los productos con el impedimento de la reducción de precios, puesto que entonces dejarían de obtener beneficios. Por ello presionan a sus gobiernos para que les protejan de las amenazas externas. Esto es un ejemplo de cómo algunas leyes pueden funcionar como barrera de entrada o cómo, en casos muy concretos, pueden ayudar a crear, o crean en sí mismas, una ventaja competitiva.
Sin embargo, con los años esas empresas probablemente tengan problemas para subsistir porque sus costes se irán incrementando al no adaptarse a las nuevas tendencias. Y esa no adaptación se debe a la protección que durante años les ha brindado el gobierno, haciéndose éstas más cómodas, sin pensar en cómo mantenerse, siendo todavía rentables, en un futuro o ante un cambio en las leyes proteccionistas.
Si todos los países actuaran como, en este caso, los desarrollados, el comercio exterior dejaría de existir, empobreciéndose así la economía y la riqueza de los productos ofertados. De todas formas, dependiendo del punto de vista desde el que lo mires, ambas opciones, tanto la de los países subdesarrollados, como la de los países desarrollados parecen correctas.
Por lo tanto, en principio, el proteccionismo desde un punto de vista global no es bueno, pero mirado desde la perspectiva nacional, en algunas ocasiones, vienen bien pequeñas ayudas en ciertos sectores para no sumergir la economía del momento. Si bien, esto debería ir acompañado de preparación de trabajadores y el fomento de nuevas tecnologías, para disminuir los costes de producción y poder ofrecer algo que sea competitivo sin tener que depender, para su subsistencia, de los aranceles impuestos por el gobierno. Si a esto le unimos la creación de ventajas competitivas que hacen que cada uno realice lo que mejor sabe hacer, o lo que más rentable le resulte, el comercio se sostendría sin la necesidad de la intervención de los gobiernos de los distintos países. De esta forma, estaríamos ante el postulado del libre comercio que defienden las economías Asia-Pacífico.
Esto es un caso teórico y llevarlo a la práctica resulta un tanto hipotético, pues en la economía todo está relacionado, y lo que parece sencillo de resolver en la teoría, se encuentra con numerosos impedimentos en la práctica que no se habían tenido en cuenta. Por tanto, cambiar este hecho parece un trabajo imposible, y todo apunta a que las cosas seguirán como hasta ahora. O en el mejor de los casos, los cambios se sufrirán en pequeñas parcelas, entre unos pocos, pero muy raramente sucederán de forma unánime, a nivel mundial.
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